jueves, 11 de septiembre de 2014

en cualquier tiempo vuelve...

Cada que se acerca la gran mortandad vuelven las preguntas sin respuestas, quién es el hombre, de dónde viene. Los instantes terribles se acercan, y el presumido ser vuelve a ser el mismo, otro insecto guerrero más, fiel a sus instintos territoriales, fiel a sus abejas reinas o a sus hormigas madre. Todo el ego construido por su egolatría mente se deshace: no hay origen divino o estelar, no hay privilegio mutante de la especie. En cualquier instante, por cualquier causa, se le manipula y obliga para la guerra y surge su realidad; la que le hermana, pese a sus privilegiadas neuronas, a las más básicas especies que nacen, viven y mueren para salvaguardar o acrecentar dominios y territorios.

credo amoroso

Ay amor, cómo y cuánto dudé de ti hasta que me llegó esa ausencia que lastima tan hondo.

la vejez es mental

...duéleme el cuerpo que me recuerda el paso de los tiempos, imborrable e innegable. Duéleme ahí, tan fuerte y destructor para romper las doctrinas que desvanecen la consciencia de la viejitud inexistente en el alma mental o espiritual. Cada paso me duele y no funciona el analgésico que me repito a cada instante, a cada paso: la vejez es mental.

refx

dame la sombra de tu día, escaso sol que solo alumbras pupilas, impotente de penetrar el alma y llevar tus fiestas luminosas a donde arde el hambre de ese no sé qué que se requiere para intentar mañanas y tardes.

reflex

Se juntan la tarde y sus lánguidas sombras, y ese aroma ancestral que viene del jardín que me parece condenable en el naranjo, que siempre huele a los mismo. El naranjo me escucha y me responde con toda esa paciencia suya, esa que me obliga a pensar yo mismo las respuestas posibles de su inexistente boca. -Sí viejo -me digo-, todos somos cautivos de nuestra esencia, nadie escapa a ella, tú hueles siempre así aunque a veces (lo sé) quisieras oler a pino, o a rosal. Eres sujeto cautivo de tú irrenunciable ser. Cuántas veces he querido ser algo más de lo mismo que soy, asteroide por ejemplo involucrado en esas trayectorias interminables por todo el universo. Gota, o al menos gota (he pensado) vieja gota de lluvia viajera en las nubes claras y oscuras y en las largas vías de los ríos, en el agua marina, en la lágrima. Y la gota muda, allá en el cielo, responde con el mismo sistema de auto respuesta del naranjo: hombre quisiera ser -dice-. Ay soledad tan mía, pareces necesaria para los otros, los que nacieron sin voz audible por los oídos, cuantas cosas escucho en mi caja de pandora que hacen posible que a mí mismo me dé respuestas para todo, según mi relación con ese todo.

 

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jueves, 4 de septiembre de 2014

El reloj de arenas blancas

Eran seis o siete frascos de un contenido arenoso, blanco y muy parecido a la sal, pero mucho más refinada. Estaban dentro de su caja sobre el buró de la recámara del tío, unidas por la fuerza de una liga color carne.
El tío no estaba en ese momento, así que sacamos los frascos para ver lo que contenían. Habíamos escuchado a la abuela decir que era una medicina muy poderosa, la más poderosa para el mal que el tío estaba padeciendo: penicilina cristalina, o algo así. Cada frasco casi llenaba las palmas de nuestras manos, los volteábamos para conocer más de las propiedades del producto. Yo ponía el frasco de cabeza y dejaba que la arenilla blanca como la nieve buscara su sitio de acuerdo a la gravedad. Parecía un reloj de arena con el fino polvo muy blanco, como el que había visto en la biblioteca del abuelo, solo que aquél tenía arenillas más amarillas. El abuelo presumía que su reloj de arena era egipcio y sus arenas eran finas arenas de desierto egipcio. No hayamos más distracción posible en aquellos frascos, así que abandonamos la habitación del enfermo y nos fuimos a dar lata a otro lado.

El tío se aburría de tanto estar encerrado en su habitación, salía a deambular por el resto de la casa como si fuera un fantasma desnudo y casi transparente. La enfermedad lo había consumido tanto que ya había perdido más de la cuarta parte de su peso. Enfundado en una pijama de algodón, producía los mismos efectos que un personaje de una película de Boris Karloff. El encierro era una tortura para él acostumbrado a anda de juerga todos los días. Era la segunda ocasión que caía presa de la enfermedad venérea, transmitida a él por la misma prostituta.

Las paredes oyen, bajo las mesas del comedor, o tras las puertas de un armario, los ojos y los oídos imperceptibles para los adultos están atentos escuchando y mirándolo todo.
Más allá del mediodía, después de la hora de la comida, la enfermera viene para inyectarle esos polvos disueltos en agua. Cuando se cierra la puerta ellos juguetean, ríen y se dicen cosas incomprensibles. Ella se deja tocar, él la quiere desvestir a toda costa. Pasan los minutos entre risas y sarcasmos. Luego ella se acomoda la ropa, recobra ese aire casi eclesiástico, propio de su profesión, y luego se marcha.

El tío detecta un movimiento, talvez un ruido o una respiración ajena a la suya. Viene, abre el armario y se ríe.

--Estás aquí cabroncito, --dice en tono casi festivo.

--Qué tienes-- --la pregunta inocente--.

--Gonorrea-

--Qué es la "monorrea"

--Una enfermedad de hombres, ya te dará algún día. Solo que esta está muy necia, si no salgo de esta quién sabe qué me suceda.

--¿Te mueres?...

--No sé, creo que no, está difícil para que algo así acabe conmigo. Soy duro de pelar.

Se ríe y se echa de nuevo en la cama, Toma un libro y yo sigo siendo como esos muros que todo ven y oyen pero no existen.


El tío al fin ha muerto. No lo mató la enfermedad, aunque sí lo dejó seco como una vara. No, el tío murió de algo diferente, no nos quieren decir de qué aunque yo sé algo. Creo que el tío murió por falta de libertad, de fuerza para hacer las cosas que más le gustaban en la vida: andar de parranda en una vida breve, como de fiesta permanente.

En el Panteón Municipal, en el día de su entierro, además de la familia han aparecido otras personas, algunas mujeres que no son de la familia pero que todos los asistentes saben por qué están ahí.
 La tumba está abierta y el féretro ya está en el fondo, esperando a que las paladas hagan ese ruido espantoso que hace llorar a la abuela, más que a todos. Las mujeres no se atreven a acercarse, observan a unos pasos, quieren estar presentes en el último adiós.  Solo la enfermera está con los de la familia, es un mar de llantos, el maquillaje se le ha recorrido por las mejillas hasta la barbilla dejando su huella por los labios. Yo la mio y sé por qué llora, el trazo negro que parte de las cejas hasta la boca me parece un símbolo de lo que siente. De repente vuelve la vista  las otras mujeres. mira con una especie de odio a una de ellas, no con mucha amabilidad a las demás. La abuela descubre que esa mujer también está llorando, sabe quién es y a qué se dedica. Sabe que su difunto vivió enamorado de esa mujer y que muchas veces quiso irse lejos con ella. Ella sabe porque el tío muchas veces le confesó la pasión que sentía por ella.

--Huir de qué -- decía la mujer. Lo que soy me alcanzara siempre, la más dolorosa de las veces en tu propia boca. ¿Quién puede vivir con eso?

Ella estaba ahí, llorando y mirando. La abuela se acercó a las mujeres y les pidió que se reunieran con la familia. La enfermera se marchó. La miré, esa mujer era bonita, tenía un rostro bellísimo, era muy alta y de hermosa figura. Calzaba unas zapatillas negras de charol, los tacones se hundían en la tierra del camposanto, pese a ello, su estatura sobresalía por sobre la de las demás mujeres presentes.

La abuela le tomó de la mano y le dijo en voz baja: dile algo hermoso, que se vaya con tus palabras más amorosas, eres lo que más quiso en esta vida, más que  mí. La mujer empezó a musitar algo pero no pudo concluir, se ahogó en llanto. Se dobló sobre su propia cintura como si le doliera el vientre.

La abuela echó un puño de tierra sobre el féretro y algunas personas la imitaron, fue la señal que los sepultureros esperaban con impaciencia para proceder a terminar el trabajo. Era grosera la forma en que echaban las paladas de tierra sobre la caja del muerto, una piedra hizo un ruido espantoso al caer sobre la tapa. La abuela se enojó y los empezó a insultar, ellos respondieron que luego de su difunto debían enterrar a otros más que los estaban esperando.

--Váyanse --les dijo-, los varones les quitaron las palas y terminaron el trabajo. De todas formas, los sepultureros tuvieron que esperar pues eran las únicas palas que tenían para hacer su trabajo. Luego retomaron su labor, cuando ya la tierra acogía en su seno a la que sellaba para siempre y toda presencia física del difunto entre los vivos.

La bella mujer se despidió sin muchos protocolos de la abuela y se marchó. La abuela dijo, pensando en voz alta: ahí va toda tu vida hijo mío, rumbo a quién sabe qué tantos brazos.


Aquí siempre viene la lluvia. Es un hábito cotidiano. Como la hora de la comida o las campanadas para rezar el Ángelus. Me gusta ver llover todas las tardes. Esa tarde es especial para mí, la lluvia tuvo otras implicaciones. Pensé en el tío en su nueva casa, imaginé ese pequeño mar temporal que se forma sobre el suelo llenándolo todo allá en el cementerio, talvez al tío le llegó una gota, no creo que a él le hubiera gustado mucho saborear el agua de esta lluvia, a él le gustaba el tequila suave, de eso iba bien dotado, yo mismo ayudé a la abuela a acomodar todas las botellas que cupieron dentro del féretro, junto al cuerpo, lo hicimos en secreto para que nadie lo supiera, no fuera a suceder que lo desenterraran solo para robarse su tesoro. Según la abuela, los tesoros lo son dependiendo de las circunstancias.
 

sábado, 30 de agosto de 2014

cuando los soldados se fueron

--mire usted, cuando se fueron los soldados bajó tanta gente de los montes, todas con hambre, todas con resentimientos, casi la mitad del pueblo. Comieron y bebieron, luego tuvieron sexo con la mujer que les apeteció. Eso fue antes del baño de sangre, ningún denunciante quedó vivo. Los soldados nunca volvieron, ignoraron las llamadas; para ellos, lo de aquí, era un asunto concluido.

ideas sobre una vela

vela, ala de viento, sueño infinito de libertad
alguien dejó un paraiso
con las fauces abiertas

luna para soñar con el romance
en el hábitat
del murcielago invisible

atrás los pasos
huellas, solo huellas,
que se adoran y se olvidan

como consuelo
una ventana abierta
donde no se ve nada
y todo se imagina

vela
ala de viento

madera
cascarón que navega

la sensación de viaje
queda y anima

sábado, 23 de agosto de 2014

por qué

Diogenes buscaba a la luz del día al hombre perfecto. 
Jamás pensó en buscar a la mujer perfecta. 
¡Por qué? 

lunes, 4 de agosto de 2014

la vendedora

Luego de varios días de vagar extraviado por el desierto descubre una pequeña sombra acurrucada. Es una mujer, o eso parece. Ella esta sentada frente a una manta sucia tendida sobre la arena donde se exhiben diversas figurillas de arena.  Llega hasta el y, angustiado, le suplica por un poco de agua, por algo de comida. La mujer, sin mirarlo de frente, le responde con una voz muy suave, como un silbido: -Aquí no hay agua ni comida.

El hombre no puede creer lo que escucha, desesperado, insiste:
-Necesito agua, por piedad, una gota de agua.

La sombra de mujer abre el largo lienzo color de barro que la cubre y le repite:
-Aquí, hace siglos que no tenemos agua. Para vivir nos hemos arrancado vísceras, estómago y las venas, no hace falta agua o alimento para vivir. Con un poco de viento tibio y algún taco de sol es suficiente.

Digamos que el hombre digamos que desfallece, pero más bien pensemos que descansa, como cuando una vana esperanza desaparece para siempre, deja de ser angustia u obsesión.

Se derrumba frente a la mujer y mira los objetos que ella expone sobre la sucia manta: figurillas de arcilla, vasijas, figuras de animales, símbolos, personajes desconocidos, minúsculas todas, justo para ocupar el hueco de la mano.

-¿Qué vendes? -le pregunta.
-Obsesiones, quehaceres -responde la mujer. ¿Tienes alguna obsesión? Si no la tienes, te la vendo.

-El hombre, resignado, piensa; y musita con voz de murmullo su único pensamiento: -solo quiero beber.

Toma la mujer un minúsculo cuenco de barro y con sus huesudos dedos hurga entre las arenas. Una especie de líquido difusor de destellos y lo vacía dentro. Luego lo ofrece al hombre que agoniza. Este se incorpora esperanzado y pregunta: 
-¿es agua?
No, responde la mujer. Es el elixir de cualquier deseo, necesario para volver antes de morir.
El hombre lo bebe sin sentir ninguna satisfacción para su cuerpo, ahora quiere volar, y muere.
La mujer se incorpora y recoge su vendimia de tierra. Se levanta de ahí y sigue los senderos del polvo hacia un nuevo sitio de espera. 



domingo, 22 de junio de 2014

el quid

mírame y encuéntrame
ese es el quid del laberinto
que llegues hasta a mí y que yo te encuentre
que rompamos la capa que nos cubre
que degustemos alma y piel
con sangre y vino

mírame
encuéntrame
porque yo ya te he visto en mi camino.

lunes, 26 de mayo de 2014

el fin del mundo

mirar...
pensar...

los minutos se agotan
las botellas no contienen mensajes
los faros apagados ya no advierten las costas
este es el remolino que dejó de ser mito
la cuna de huracanes que ha mudado su seno
donde la voz del eco ha quedado apagada

esto es
simple y sencillamente
un lugar como todos
aunque sea para mí
mi propio fin del mundo